VINOS

El vino en la Bética: Época Republicana

Lo hemos intitulado «vinos romanos», ya que el control de estos territorios estaba en manos, primero, de la República Romana y después del Imperio Romano, aunque también lo podíamos haber llamado los vinos de la Bética o mas genéricamente los vinos hispanorromanos. Vinos que lógicamente sólo conocemos por la literatura y por los tratados agronómicos que han llegado hasta nuestros días. Muchos de ellos serán nuestras fuentes primarias para hablar de los diferentes vinos y su elaboración en la Hispania romana.

Fueron los romanos los encargados de extender y universalizar tanto el consumo como la producción del vino en Iberia. Una península ocupada por un conjunto de pueblos que configuraban un mosaico de culturas y de diferentes desarrollos económicos, desde cazadores – recolectores a incipientes agricultores pasando por pequeños manufactureros (cerámica, metales) y comerciantes.

Astures, ausetanos, autrigones, bastetanos, berones, cántabros, caristios, carpetanos, cartagineses, celtíberos, célticos, ceretanos, conios, contestanos, cosetanos, edetanos, galaicos, griegos, ilercavones, ilergetes, indigetes, jacetanos, lacetanos, layetanos, lusitanos, oretanos, turdetanos, túrdulos, turmódigos, vacceos, várdulos, vascones, vetones etc., componían los territorios de Iberia. Pero de todos ellos tan sólo los pueblos situados al este y al sur de la Península eran productores de vino, antes de la llegada tanto de cartagineses como de romanos. Un vino que era consumido fundamentalmente por las elites de estos pueblos ibéricos.

Y en esta extensión del viñedo y del consumo del vino tuvieron un papel primordial la legiones romanas, las encargadas de conquistar los territorios de la península Ibérica.. Ya en su dieta contaban con el vino como uno de sus componentes esenciales. La Legión era la unidad militar de infantería básica de la antigua Roma.

Foto: Relieve de una legión en la Columna de Trajano (Roma)

Una legión estaba oficialmente compuesta por 6.200 soldados aunque realmente esa cifra oscilaba entre los 5.000 y 8.000. Usualmente llegaron haber veintiocho legiones con sus auxiliares, y se reclutaban más según las necesidades y la situación en cada momento. Sin duda alguna un gran ejercito para aquella época.

Según A. García y Bellido, uno de los precursor de los estudios sobre el ejército romano en España, se contabilizaron seis legiones en Hispania: La II Augusta, la IV Macedonica, la V Alauda, la VI Victrix, la IX Hispana y la X Gemina. Las guerras civiles del siglo I a.C. supusieron un punto de inflexión con el incremento de efectivos militares en la Península. Contra Sertorio llegaron a movilizarse catorce legiones. En la batalla de Munda, Cesar dispuso de ocho legiones frente a las trece que se opusieron a ellas. Y en las guerras cántabras llegaron a intervenir siete legiones.

La legión contaba asimismo con un destacamento de apoyo formado por médicos, artilleros e ingenieros, cuyo número nos es desconocido. Un cuerpo de esclavos militares llamados calones completaba el personal de intendencia, encargados de las tareas más pesadas y de ocuparse de las mulas que cargaban con las tiendas y la impedimenta.

Mapa: Máxima extensión del Imperio romano

Al contrario que las legiones temporales de la República, creadas desde cero para la duración de una guerra o campaña, estas unidades se convertirían en formaciones permanentes repartidas por todo el imperio, en una serie de fortalezas que vigilaban las fronteras y las provincias con recursos vitales como el grano de Egipto o el oro de Hispania.

Entre guerras los legionarios vivían en barracones de piedra o ladrillo, ejerciendo como «fuerza de paz», y alrededor de estos fuertes surgieron poblados en los que habitaban sus familias y grupos dependientes como, artesanos, prostitutas y mercaderes.

«Ubicumque vicit Romanus, habitat «( en todas partes que venzan los romanos, por ellos será habitado). Esta frase de Séneca puede ilustrar como punto de arranque el mas decisivo elemento dentro de los que actúan en el proceso de romanización peninsular.

El contenido de las raciones normales variaran según la región, pero los soldados recibían, grano, vin piqué o vinagre, que consumía con agua y se denominaba posca, y, normalmente carne. Según papiros egipcios tardíos, los soldados reciban tres libras romanas diarias de pan, 2 de carne, dos pintas de vino y un octavo de pinta de aceite, el abastecimiento militar tenia consecuencias para la zona geográfica donde se encontraban, pues la mayoría de las provisiones eran de origen local. Así por ejemplo en la conquista de los territorios hispanos, para evitar gastos al erario Catón hace regresar a los abastecedores de grano a Roma recalcando que hay  que suministrase desde el propio país: la guerra se alimenta así misma (Livio 34,9,12: bellum se ipsum alet).

Por todo ello es muy probable, que gran parte del abastecimiento del vino de estas legiones, procedieran de los lagares  y bodegas ya existentes en la Península, principalmente en el Este y en el Sur de la misma, lagares como Alt de Benimaquia en Denia (Alicante), como el de doña Blanca en el Puerto de Santa María (Cádiz) y del propio lagar de Osset (San Juan de Aznalfarache) en Sevilla que según la arqueóloga del yacimiento Laura Mercado llegaba a producir 23.000 litros y tenia 6 cubetas de fermentación.

Así pues, desde la llegada de estas fuerzas de ocupación a la Península, podemos decir que se consumieron a grosso modo dos tipos de vino; el de elaboración local, que ya Plinio el Viejo (23 – 79 d.c.), enciclopedista romano. De su extensa obra “Naturalis Historiae”, en el libro XIV nos habla de la vid, del vino, de su historia, tratamiento y sus variedades. Y así nos escribe Plinio sobre estos vinos de producción local: «En España la llaman cocolobis (cocolobina). Es menos prieta y es resistentes al calor y el viento del mediodía, el vino hace irse la cabeza, tiene mucha pegada. Los españoles distinguen dos especies, una de grano oblongo, y otra alargado, y es la vid que última que se cosecha. La cocolobis cuanto más dulce tanto mejor. La que tiene sabor astringente con la vejez se vuelve más suave, y la que es dulce se convierte en astringente con el tiempo, por lo que este vino compite con el de Alba: Dicen que es el mejor para las afecciones de la vejiga».

Y los vinos importados de Italia.así como de otras zonas geográficas que fueron conquistando el ejercito romano. Nos dice también Plinio: «El más antiguo es el famoso vino Meroneo, en la costa de Tracia; del que Homero (Odisea) habla. Aristeo, es el primero que ha envuelto el vino con miel, dos productos naturales de excelencia y un resultado maravilloso. Homero dice que hay que poner veinte veces más cantidad de agua con el Meroneo. Mucianus, tres veces cónsul, uno de nuestros últimos escritores, dice de verlo, con una mezcla de con cada sextario (0,54 de litro) de vino ocho de agua, añade que este vino es negro, fragantes, convirtiéndose en grasa con la edad.

El vino Pramnio, que Homero (Iliada) elogió, y todavía se está honrando, nace en el territorio de Esmirna. Esto, es una propiedad de los vinos muy viejos, que no pueden beberse puros, que se tienen que mezclar con agua, para someterle la amargura, es el resultado de la vejez. Sin embargo, una pequeña cantidad de vino es suficiente para auxiliar a otros vinos. En raras ocasiones, de hecho, vimos a la gente más extravagantes y glotona, pagar 1.000 sestercios por un ánfora.

El segundo lugar fue dado al de los campos de Falerna, especialmente en Falerna el Faustiano No hay Vino más popular ni con mejor opinión. Hay tres especies: el astringente, dulce y ligero. Algunos, haciendo otras distinciones, por ejemplo el Gaurano viene en la parte superior de las colinas, en medio se da el Faustiano y Falerna continuación en los bajos. No hay que olvidar que ninguno de estos famosos vinos procede de uvas sabrosas

En tercer lugar de honor tienen varios vinos Albanos cercanos a Roma, muy suaves y raros, muy dulces con alguna astringencia. Los vinos de Surrente, que nacen sólo en estas viñas, son muy buenos para los convalecientes, debido a su ligereza y sus cualidades beneficiosas.

La emigración itálica, consecuencia de los graves problemas generados en la Península Apenina tras la guerra con Aníbal, y la decisión de muchos veteranos de las legiones combatientes en Hispania de asentarse definitivamente en sus fértiles y pacificados territorios tras su licenciamiento, favorecieron esta dinámica importadora de productos itálicos. La inmigración procedente de Italia y el asentamiento de los veteranos de las legiones, incremento el volumen de las importaciones itálicas desde la segunda mitad del siglo II a.c., especialmente las de aceite y vino suritálico.

En el siglo I d.c. este proceso se vio totalmente modificado. El suministro de vino itálico descendió hasta el 20% del total de las importaciones del periodo anterior; los vinos hispanos les sustituyeron tanto en el mercado interior como en parte del consumo de Italia. A la exportación de vinos béticos, levantinos, layetanos y del bajo Ebro hacia la península itálica, se unieron los excedentes de aceite y conservas de pescado que constituyeron durante el Alto Imperio el grueso de las importaciones hispanas.

El siglo I conoció una notable expansión de la viticultura hispana, en la que los emigrantes itálicos ejercieron un gran protagonismo, su objetivo consistió en generar una producción excedentaria destinada a la exportación. Pero Ya en época augustea, resto de las ánforas vinarias Dressel 2-4 y Pascual 1 que envasaban los vinos béticos y tarraconenses, y los terapéuticos mostos a medio cocer (sapa) o arropes de frutas (defretum) en las Haltern 70, e incluso los dolia vinarium ( grandes recipientes piriformes que llegaban a almacenar mas de 600 litros de vino a granel en el trasporte marítimo), han sido hallados en diversos yacimientos y naufragios del occidente romano, alcanzando las Galias y los campamentos del limes germano-danubiano. En el deposito anafórico de la Longarina, en Ostia, fueron hallados 104 envases de garum, todos ellos hispanos, y 181 de vino, de los cuales 58 eran de procedencia hispana. De estos el 14,3% son de la tarraconense y el 17,7% son béticos.

Foto propia: Ánforas vinarias museo arqueológico Sevilla

Una de las mas apreciadas variedades de la tarraconense, la Lauronense vetus, fue exportada a Roma, como muestran los tituli picti epigraficos (CIL XV 4577-4579). Las variedades de vinos citadas por los tratadistas romanos aumentan desde 5 de Marco Terencio Varrón, coetáneo de Pompeyo y de César, hasta las 63 recogidas en el amplio repertorio agrícola de Colmuela, y las 71 que finalmente cita Plinio el Viejo, contemporáneo de Vespasiano. La viticultura inicio su crecimiento y una consecuente producción excedentaria durante los últimos decenios republicanos, para afianzarse en el siglo I.

Mientras Plinio (14,29,30) dice que la uva redonda del genero coccolobis, de cosecha abundante, producía un vino cabezón (capiti animica), que “si es duro, gana dulzura con los años, si es dulce se endurece”, Marcial (Epigr., 13,124)asegura que el vino de Ceret alcanza la calidad de los vinos de Setia: “Que Nepote te sirva vinos de Ceret, creerás que son de Setia”. Teniendo en cuenta que los vinos de esta ciudad del Lazio gozaban de una extendida fama, podemos concluir que la sentencia de Marcial contienen una comparación extremadamente favorable para la producción jerezana de esta floreciente época Flavia.

De la Bética, además de los vinos de Ceret, aparecen citados los de Nebrissa, Hasta o Gades; pero cuando Estrabón (3 ,2 ,6) se refiere a sus vinos, lo hace en términos cuantitativos: “De la Turdetania se exporta trigo, mucho vino y aceite, éste, además, no sólo en cantidad, sino en calidad insuperable”. Junto a las variedades destinadas en exclusiva a la producción vinícola como la coccolobis o la aminea, original de la Campania, se cultivaron en el sur peninsular las variedades bumasti, duracina, y purpurea, adecuadas a su consumo de mesa, o la numisiana apta como fruto, pero también destinada en parte a la producción de vino.

Esta claro, pues, que hasta bien entrado el siglo I d.C. existe una gran dualidad en el consumo entre los vinos locales y los vinos de importación. En este sentido, Cicerón da un dato extraordinariamente interesante, cual es que para proteger la producción vinícola y olivarera contra el comercio exterior, los romanos prohibieron la plantación de vides y olivares al norte de los Alpes, al final de la republica, disposición que volverá a urgir Domiciano en el año 92 d.c.. Sin embargo Rostovtzeff  (fue un historiador, una de las principales autoridades del siglo xx en la historia antigua de Grecia, Irán y Roma).se inclina a creer que la primera disposición no se cumplió en Hispania. Al final de la republica en gran parte la producción, tanto agrícola, como minera e industrial (lanas, salazones), estaba montada para la exportación a Roma.

Hispania durante la conquista esta sometida a un comercio de importación de productos de todo genero. Ánforas de Rodas, que prueban un comercio de importación de vinos del Egeo, han aparecido en Cádiz, Córdoba, Ampurias, Tarragona y Villaricos. También se documenta un importante comercio importador de vinos de Campania. A partir de principios del siglo I a.c.,m la costa Ibérica se vio inundada de ánforas, que contenían vinos itálicos. El volumen de este comercio fue tan elevado, que casi el 50% de pecios antiguos contienen ánforas vinarias y pertenecen a los dos siglos anteriores al cambio de Era. Muchas ánforas llevan inscripciones que señalan el vino que contenían, a menudo falerno u otros vinos itálicos, y las fechas consulares. Estas ánforas son del tipo Dressel I.

Es cierto que uno de los restos arqueológicos que nos informan sobre el vino, su producción, su consumo y su comercio son las ánforas, es decir las vasijas que contenían estos vinos, tanto para su elaboración como para su distribución. Y en Roma tenemos un testigo único que nos da buena cuenta de ello, nos referimos al llamado Monte Testaccio. Se calcula por T. Frank (historiador estado unidense) que el Monte Testacio tiene unos cuarenta millones de ánforas aproximadamente, casi en su totalidad procedentes de Hispania, en poco mas de un siglo, con predominio del vino y aceite sobre el garum; en total, unos dos millones de litros, ya que la capacidad media de cada ánfora es de unos 50 litros. Y fue hecho en poco mas de un siglo, a partir del II. T. Frank ha calculado el consumo anual del vino y aceite entre entre ciento doce y siete millones de litros anuales respectivamente y que el 50% o algo mas del vino consumido en Roma procedía de Hispania, a estas cifras hay que añadir el consumo de Britania, Galia y Germania.

En los tiempos de Augusto y Tiberio los vinos de la costa catalán entre Tarraco y Ampurias habían adquirido notable auge; aquí se producían vinos no muy exquisitos junto a otros de categoría y como tales reconocidos en todo el Imperio, cual fueron los vinos del Priorato. Del estudio de las ánforas romanas efectuado por R. Pascual se deduce que los años del cambio de Era había amplio comercio de vinos y salazones. Frente a esta comercialización de los vinos catalanes se ve que para estas fechas augusteas ya no había importación de vinos a Cataluña. En cambio persistía, aunque en menor cantidad, tal exportación a la Bética. Sin embargo también los vinos béticos ya comenzaban a invadir los mercados italianos, que habían empezado a abastecer desde los tiempos finales de la Republica.

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